🦷 “El
diente roto” – Un cuento venezolano lleno de ironía y significado
A simple vista, “El diente roto” podría
parecer la historia de un niño común y corriente que sufre un accidente leve…
pero ese diente roto es la llave de una reflexión mucho más profunda sobre las
apariencias, la fama y la percepción social.
Este relato fue escrito por Pedro Emilio
Coll (Caracas, 1872–1947), uno de los narradores más influyentes del modernismo
venezolano y colaborador de publicaciones como El Cojo Ilustrado.
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Resumen narrativo del cuento
La historia empieza con Juan Peña, un
niño inquieto y rebelde que, durante una pelea, recibe un golpe que le parte un
diente en forma de sierra.
Después de eso, Juan cambia de actitud:
deja de ser pendenciero y alborotador, y pasa sus días acariciando el diente
roto con la lengua, en un estado de quietud aparente, con la mirada vacía y sin
pronunciar una sola palabra.
Su madre, preocupada por este
comportamiento repentino, lo lleva al médico. Para sorpresa de todos, el doctor
dice que no está enfermo… sino que padece lo que llama el “mal de pensar”, como
si eso fuera sinónimo de genio o pensamiento profundo.
A partir de entonces, el rumor crece, la
gente dice que es un prodigio; Juan se convierte en símbolo de sabiduría sin
realmente pensar, y con el tiempo llega a ser diputado, ministro e incluso está
por ser presidente… justo cuando muere repentinamente acariciando ese mismo
diente roto.
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🧠 ¿Qué
quiere decir este cuento? — Una reflexión más profunda
🎭 1. La
ironía de las apariencias
Una de las grandes claves del cuento es
cómo la sociedad confunde el silencio con sabiduría. Juan no ha cambiado porque
se haya vuelto reflexivo o culto… sino por algo tan trivial como tener un
diente roto. Y sin embargo, todos lo llaman genio.
Esto nos invita a preguntarnos:
➡️ ¿Cuántas veces
aceptamos lo que otros dicen como verdad sin analizarlo?
➡️ ¿Cuántas “figuras
de sabiduría” seguimos simplemente porque su silencio o actitud calma nos
impresiona?
🪞 2. La ilusión del prestigio social
Juan pasa de ser un niño problemático a
un símbolo de éxito político sin mérito real. Su ascenso no se basa en
conocimiento, sino en el eco social de un malentendido que todos aceptan sin
cuestionar.
La historia funciona como una caricatura
de la política y de la vida pública, donde muchas veces la reputación se
construye más sobre la percepción que sobre la realidad.
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🌀 3. El
“mal de pensar” como metáfora
El médico del cuento diagnostica a Juan
con el “mal de pensar”, en tono de broma, pero también como crítica sutil a la
propia sociedad. Esto puede interpretarse como:
La confusión entre introspección genuina
y aparente profundidad.
La tendencia a idealizar el silencio
como si fuera señal de sabiduría.
¿No es extraño que alguien sin
verdaderos pensamientos profundos sea celebrado por ello?
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🖋️ Estilo
literario y modernismo
Aunque el cuento es breve y
aparentemente sencillo, pertenece a una época —el modernismo venezolano— donde
los autores jugaban con el lenguaje, la ironía y las ideas para transformar lo
cotidiano en comentario social y estético.
Pedro Emilio Coll, con este relato,
rompe con el sentimentalismo tradicional y muestra que una frase corta puede
decir tanto como una novela extensa.
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❓ ¿Cuál es la
moraleja real?
Más allá de la anécdota, el cuento nos recuerda algo
esencial:
👉 No todo lo que
parece sabio realmente lo es.
👉
La fama y el prestigio muchas veces se construyen sobre malentendidos o
supersticiones sociales.
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💬 Para
reflexionar…
🗨️ ¿Qué parte de la
historia te impactó más:
✨ el cambio de Juan Peña,
🔍 la opinión del
médico,
📣 o la reacción de
la gente?
¿Crees que en la vida real a veces se
admira más el silencio que el pensamiento profundo?
💬 Deja
tu comentario más abajo —quiero saber tu opinión sobre este fascinante cuento
venezolano.
EL DIENTE ROTO (Cuento Completo)
A
los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro
sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se
partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con
la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo
inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornose
en callado y tranquilo.
Los
padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas
de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas
y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita
transformación de Juan.
Juan
no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis;
mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua
acariciaba el diente roto sin pensar.
—El
niño no está bien, Pablo —decía la madre al marido—, hay que llamar al médico.
Llegó
el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente
apetito, ningún síntoma de enfermedad.
—Señora
—terminó por decir el sabio después de un largo examen— la santidad de mi
profesión me impone el deber de declarar a usted...
—¿Qué,
señor doctor de mi alma? —interrumpió la angustiada madre.
—Que
su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible —continuó con voz
misteriosa— es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted,
mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una
palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En
la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo.
Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la
más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que
voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a
colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo
desarrapado, Edison... etcétera.
Creció
Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía,
distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin
pensar.
Y
con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y
"profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de
Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y
conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los
demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron
los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser
coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió
acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y
doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador
lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas
sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.



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